¿Tragar o asimilar?
OSWALDO PULGAR PÉREZ
| EL UNIVERSAL
jueves 24 de mayo de 2012 02:51 PM
El Dr. Rafael Tomás Caldera me obsequió un opúsculo suyo recién publicado: "Una invitación a leer" (mejor). El título es muy sugerente, porque como él mismo dice en el prólogo:
"Los breves textos aquí recogidos giran en torno a una dificultad cada día más señalada en el mundo universitario: el problema de la lectura, no ya en su primer nivel, de dominio del arte, necesario para el cultivo de la vida intelectual, sino en su función de humanidad".
Función de humanidad -según entendí-, es el poso que toda lectura deja en nosotros. El rescoldo que, nos demos cuenta o no, "nos queda dentro" al terminar un libro. Pero no todo el mundo es consciente de que el provecho que de ella obtengamos es lo importante de una lectura.
Al leer pensamos, y al pensar crecemos. Por supuesto, depende del tipo de lectura que escojamos. No es lo mismo leer un clásico, entendiendo por tal lo que no pasa de moda, que leer una novela policíaca o un problemario de física.
Dicen que un hombre es lo que ha vivido y lo que ha leído. La lectura es un modo de dialogar con otra persona que nos transmite su experiencia, su visión de las cosas. Además está nuestra experiencia, el sedimento que los hechos dejan en nosotros.
Recuerdo haber entrado en la biblioteca de una facultad de ingeniería y era ensordecedor el ruido que hacían una multitud de estudiantes estudiando en equipo.
Tuve curiosidad por enterarme si dedicaban tiempo a la lectura personal, a la reflexión sobre un texto y me contestaron que no, porque en los exámenes el profesor solo ponía problemas. No había preguntas teóricas.
Yo pensé para mí, que si unos problemas no se fundamentan en unos principios invariables que le dan consistencia, ¿cómo voy a resolver, con pleno conocimiento de causa, los casos que día a día me plantea el trabajo?
Me di cuenta enseguida que no tenía ningún sentido despertarles la curiosidad por leer sobre asuntos más trascendentales como ¿cuál es el sentido de mi vida? ¿Para qué existo? ¿Qué me propongo en cuanto a mi formación intelectual? ¿Respecto a mi formación moral?
Quizá pensamos que la perfección humana está sobre todo en desarrollar las cualidades físicas o intelectuales. La Universidad nos enseña a producir y a ganar, pero no nos enseña a vivir. Por eso nuestra civilización se tambalea sin recursos morales y la vida de muchas personas se mueve dentro de los parámetros de la satisfacción inmediata.
No es la sabiduría intelectual o profesional la que llenará nuestras vidas y les dará sentido, sino esa otra sabiduría ética o moral, que muchas veces descuidamos por imbuirnos en otras tareas aparentemente urgentes, pero que no son las más importantes.
Hace mucho tiempo decía el papa Pío XI de un modo muy claro: "la gran enfermedad de la Edad Moderna, fuente principal del mal que todos deploramos, es la falta de reflexión, aquella efusión continua y febril hacia las cosas externas.
El ansia inmoderada de riquezas y placeres debilita en los ánimos los más nobles ideales, los sumerge en las cosas transitorias y no les permite considerar las eternas".
El Dr. Caldera califica ese fenómeno como "sopor intelectual". Paraliza la voluntad, -esto lo digo yo- incapacitándola para saborear lo más alto. Es algo así como intentar elevar un globo aerostático que está amarrado al suelo con mecates. Solo la verdad en todos sus niveles, -también la verdad técnica-, puede enriquecernos interiormente, pero ella sola no basta.
opulgarprez6@gmail.com
@oswaldopulgar
"Los breves textos aquí recogidos giran en torno a una dificultad cada día más señalada en el mundo universitario: el problema de la lectura, no ya en su primer nivel, de dominio del arte, necesario para el cultivo de la vida intelectual, sino en su función de humanidad".
Función de humanidad -según entendí-, es el poso que toda lectura deja en nosotros. El rescoldo que, nos demos cuenta o no, "nos queda dentro" al terminar un libro. Pero no todo el mundo es consciente de que el provecho que de ella obtengamos es lo importante de una lectura.
Al leer pensamos, y al pensar crecemos. Por supuesto, depende del tipo de lectura que escojamos. No es lo mismo leer un clásico, entendiendo por tal lo que no pasa de moda, que leer una novela policíaca o un problemario de física.
Dicen que un hombre es lo que ha vivido y lo que ha leído. La lectura es un modo de dialogar con otra persona que nos transmite su experiencia, su visión de las cosas. Además está nuestra experiencia, el sedimento que los hechos dejan en nosotros.
Recuerdo haber entrado en la biblioteca de una facultad de ingeniería y era ensordecedor el ruido que hacían una multitud de estudiantes estudiando en equipo.
Tuve curiosidad por enterarme si dedicaban tiempo a la lectura personal, a la reflexión sobre un texto y me contestaron que no, porque en los exámenes el profesor solo ponía problemas. No había preguntas teóricas.
Yo pensé para mí, que si unos problemas no se fundamentan en unos principios invariables que le dan consistencia, ¿cómo voy a resolver, con pleno conocimiento de causa, los casos que día a día me plantea el trabajo?
Me di cuenta enseguida que no tenía ningún sentido despertarles la curiosidad por leer sobre asuntos más trascendentales como ¿cuál es el sentido de mi vida? ¿Para qué existo? ¿Qué me propongo en cuanto a mi formación intelectual? ¿Respecto a mi formación moral?
Quizá pensamos que la perfección humana está sobre todo en desarrollar las cualidades físicas o intelectuales. La Universidad nos enseña a producir y a ganar, pero no nos enseña a vivir. Por eso nuestra civilización se tambalea sin recursos morales y la vida de muchas personas se mueve dentro de los parámetros de la satisfacción inmediata.
No es la sabiduría intelectual o profesional la que llenará nuestras vidas y les dará sentido, sino esa otra sabiduría ética o moral, que muchas veces descuidamos por imbuirnos en otras tareas aparentemente urgentes, pero que no son las más importantes.
Hace mucho tiempo decía el papa Pío XI de un modo muy claro: "la gran enfermedad de la Edad Moderna, fuente principal del mal que todos deploramos, es la falta de reflexión, aquella efusión continua y febril hacia las cosas externas.
El ansia inmoderada de riquezas y placeres debilita en los ánimos los más nobles ideales, los sumerge en las cosas transitorias y no les permite considerar las eternas".
El Dr. Caldera califica ese fenómeno como "sopor intelectual". Paraliza la voluntad, -esto lo digo yo- incapacitándola para saborear lo más alto. Es algo así como intentar elevar un globo aerostático que está amarrado al suelo con mecates. Solo la verdad en todos sus niveles, -también la verdad técnica-, puede enriquecernos interiormente, pero ella sola no basta.
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